Un río de dudas fluyó durante catorce días.
Un obstáculo surgió, una incomodidad me envolvió.
Navegué solo, sin ancla ni guía,
a merced de mis propios pensamientos,
que danzaban
como hojas secas en viento otoñal.
Me persiguió la vacilación,
un bucle dando vueltas,
vueltas y vueltas,
sin salida.
¿Cuánto tiempo resiste una flor bajo la tormenta?
Si se rompe, ¿es culpa de la flor?
¿Por qué para otros parece tan fácil encontrar su camino?
¿Cómo se tranquiliza la ansiedad cuando el miedo amenaza?
Al final, me atreví a cambiar mi corriente,
dejé que el agua fluyera.
Una sensación de alivio me invadió.
Me miré al espejo.
Un fogonazo de orgullo iluminó mi rostro.
Sonreí, pero contuve los dientes.
Dejé una pierna balancearse.
Aguanté la respiración.
Esperando no fallar.
Parpadeé cien mil veces.
Me reí solo.
Me puse muy serio.
Solté bocanadas de aire.
Pedí perdón en silencio.
Quedé suspendido
en el vacío de mis propios pensamientos.
¿Es melodramática la búsqueda de identidad?
¿Todo el tiempo estoy cambiando?
¿Encontraré mi lugar en este mundo en movimiento?
¿Podré hacerlo?
No hay orilla donde compartir mi alegría.
De nuevo, a merced del viento.
Sin rumbo.
Vuelvo al mutismo.
Me duele hasta respirar.
Mi pecho pesa al inhalar.
Mi alma se quiebra al suspirar.
Algo se retuerce en el estómago.
Un nudo que no se deshace.
La ansiedad no se tranquiliza.
Sigue ahí.
La tormenta interior se ahoga.
Un secador de cabello sopla fuerte en mi nuca.
—Miguel Quintana.
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